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Community project·Tel Aviv


In memory of my father

Hay un proyecto que no tomé como diseñadora, sino como hija.

Mi papá fue, como yo, un inmigrante de Sudamérica. En Uruguay tenía su negocio, su lugar, su orgullo. Cuando llegó a Israel cerca de los 60, nada de eso lo estaba esperando: no pudo volver a abrir un local, terminó trabajando de seguridad por el salario mínimo, se endeudó y de a poco lo fue perdiendo todo — su casa, su estatus, su matrimonio. Un día me llamaron para decirme que lo habían encontrado durmiendo en un banco de una plaza de Ra'anana.

Yo tenía diecinueve años, era una inmigrante nueva tratando de construirme, y no supe cómo ayudarlo. Le hablé de un refugio; se lo tomó como una ofensa y eligió volver al banco, a la calle. Esa fue casi nuestra última conversación. Siguieron años de silencio, y después la despedida final. Durante mucho tiempo no pude entender cómo alguien podía preferir la calle a un techo.

Pasaron los años. Construí mi familia, mi estudio, mi vida. Pero cada vez que entregaba una casa diseñada hasta el último detalle, de cientos de miles, volvía la misma imagen: mi papá, sin techo. Entendí que tenía una misión pendiente — y que este no era solo mi proyecto, sino el de mi papá y mío, juntos. Decidí usar mi oficio para convertir la palabra ‘refugio’ en la palabra ‘hogar’.

El lugar es un edificio de cuatro plantas en Tel Aviv, de la asociación Echpat (אכפת — ‘me importa’). Tiene doce habitaciones de unos diez metros cuadrados cada una, una cocina compartida, un club en el sótano y un patio. Ahí paran unas veinticinco personas en situación de calle; para muchas es la primera estación en el camino de vuelta a la vida. Cuando llegué, me encontré con el caos: donaciones apiladas en el piso, muebles rotos, una ausencia total de color.

Para mí, un hogar es mucho más que cuatro paredes. Es seguridad, pertenencia, familia, memoria, un abrazo cálido que envuelve, hasta un olor — cada casa tiene el suyo. Eso es lo que me propuse devolverle a este edificio.

Y lo hice empezando por lo más chico. Instalé un estante al lado de cada cama — algo fijo, algo propio, para dar sensación de seguridad. Al día siguiente, alguien había puesto una foto de su hija en su estante. Un solo estante alcanzó para que un hombre pudiera mirar a su hija cada mañana. Colgué espejos, porque en la calle dejás de mirarte, y acá volvés a estar en casa. Puse alfombras, para que el piso no estuviera helado, para poder pisar algo cálido al levantarse.

Vestí las ventanas con cortinas de piso a techo en dos capas —una traslúcida, una opaca— que suavizan la luz y dan privacidad. Pinté cada espacio en tonos limpios y uniformes, y en cada habitación sumé plantas, textiles cálidos en rosa y naranja, y un cuadro enmarcado, para que hasta el rincón más chico se sintiera pensado. Renové el lounge compartido con piso radiante, y creé un depósito donde cada donación tiene su lugar y su dignidad, para que cada persona se lleve exactamente lo que necesita. Afuera puse lockers, para que quien viene por una sola noche pueda proteger lo poco que tiene. Y en el patio levanté una pared verde viva —plantas que trepan y caen— para que también hubiera algo que cuidar y ver crecer.

Las personas que viven acá están acostumbradas a ser invisibles para la sociedad. Verlas emocionadas por su propia casa, participando, paradas por una vez adelante y no al margen — eso es lo que más me abrió el corazón. Este fue mi tikún, mi círculo cerrado: la casa que no pude darle a mi papá, ahora dada a otros que la necesitan. Lleva su nombre y su memoria en cada rincón.

El resultado

Cómo quedó

el set final — fotografías del espacio terminado

Echpat — 1
Echpat — 2
Echpat — 3
Echpat — 4
Echpat — 5

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